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Abajo las teorías puras

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Al finalizar la Primera Guerra Mundial un jurista llamado Hans Kelsen propuso una Teoría Pura del Derecho por la cual esta disciplina debía permanecer ajena a influencias políticas o ideológicas. Pese a la lógica de su planteamiento no pudo salir adelante y pasó a formar parte de la larga lista de utopías de la Humanidad. Según Kelsen los reglamentos derivaban de las leyes y las leyes de la Constitución, sin influencias políticas de ningún tipo; no obstante, cada vez que se ha aprobado una ley o reglamento se ha justificado con posturas que iban más allá del Derecho, es decir, eran de origen político o ideológico porque son las propuestas de ese tipo las causas de origen de dichas leyes o reglamentos. Nadie podría negar, por citar un sencillo ejemplo, que la reforma laboral del año 2012 promulgada por el Gobierno del Partido Popular careciera de connotaciones ideológicas, ya que abaratar el despido es la fórmula defendida por el neoliberalismo para salir de la crisis económica actual; igual que tampoco puede negarse que la promulgación del llamado matrimonio homosexual se debiera más a razones ideológicas del liberalismo progresista gobernante entre 2004 y 2010 que a interpretaciones jurídicas de la Carta Magna.

 

En ocasiones escucho a los lectores hablar a favor de algo similar a la Teoría Pura que Kelsen defendía para el Derecho, sólo que con la Literatura como conejillo de indias. Existen buenas intenciones también para pedir una Teoría Pura de la Literatura sin influencias políticas, ideológicas, religiosas o de cualquier otro tipo; pero, igual que le sucedió a la teoría kelseniana, no puede ser más que una utopía. La Literatura siempre ha tenido, tiene y tendrá influencias del tipo que sean propias del momento en que un manuscrito fue redactado o vio la luz. Hasta el más breve microcuento puede entroncarse con alguna corriente de pensamiento, ya que la misma apatía por tomar partido por algo supone aceptar una postura ante ese algo. Otra cosa es el rechazo y la denuncia que algunos sujetos puedan hacer de la Literatura con fines meramente panfletarios. Eso sí resulta una prostitución intelectual y no la influencia de un pensamiento determinado en la literatura de un autor.

 

Como habrá adivinado el lector aquí no seguimos esa corriente de la Teoría Pura de la Literatura. En este espacio se rechazan todos los dogmas del pensamiento moderno y políticamente correcto, de ahí que no casemos con el lenguaje no sexista (quien espere un “Saludos a todos y a todas” se ha equivocado de sitio). Tampoco somos de unirnos a las campañas lacrimógenas por Twitter implorando el Je suis al tiempo que se omite la amenaza integrista que bajo el camuflaje de los refugiados pretenden colarnos en nuestras fronteras (como tampoco vemos con buenos ojos que se fuerce a poblaciones enteras a dejar su tierra y venir a Europa como mano de obra barata), razón por la que somos más cercanos a los combatientes del Ejército Árabe Sirio y del Ejército Ruso que a los perroflautiles portadores de pancartitas con el lema Refugees welcome. Si acaso, somos de los que apoyaron a Juan Manuel de Prada cuando denunció que la adicción a la pornografía conduce a la pederastia (y razón tuvo, porque a los pocos días detuvieron a un personaje muy conocido en la industria de la pornografía en nuestro país); como también somos de los que disfrutan leyendo los artículos de opinión de José Javier Esparza y de los que no gustan de perder el tiempo leyendo bazofias comerciales. En resumen, somos de los que leen con mente abierta en busca de lo que otro, sea afín o ajeno, pueda aportarle. En nosotros el decadente mundo moderno siempre tendrá un enemigo. Y así confiamos en seguir, Dios mediante, por muchos años.

Gabriel García
Gabriel García
Blogger literario. Aficionado a novelas históricas y distopías. Proyecto de escritor. Estudiante de Derecho.

1 Comment

  1. Georges Sorel dice:

    No puedo dejar de comentar lo acertado e irónico de usar la imagen de “Refugees welcome” en este artículo. Un artículo que presenta un blog que aspira a acoger a los refugiados del pensamiento “oficial”, los mutilados por el mundo moderno.

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