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Monstruitos

Payasos Halloween (La Voz Libre)

Fotografía de La Voz Libre

En ocasiones casi resulta preferible vivir en la ignorancia. Anoche me enteré por un portal de noticias cualquiera que una niña de doce años falleció en San Martín de la Vega (Madrid) festejando el Halloween. Esa misma noche yo mismo tuve unas palabras no muy agradables para unos idiotas que con la excusa de esa fiesta comercial cometían gamberradas bajo un disfraz de payaso (en eso reconozco que sí acertaron, porque no se les puede definir de otra forma tanto a ellos como a ellas). En otras fechas también se han conocido casos de jóvenes (también de ambos sexos) que se divertían torturando y matando animales, y no podemos olvidarnos de los que han ido cayendo bajo las garras del integrismo islámico hasta terminar de degolladores y concubinas en Siria e Irak. Alguno se preguntará qué tiene en común todo esto, ya que a priori parece que las gamberradas y los botellones están a años luz de los sádicos torturadores y los terroristas. Pues tiene que ver (y mucho) con esa bicha que a algunos parece producirles sarpullido y que se define, nada más y nada menos, como crisis de valores.

 

El pensamiento único impuesto sobre el llamado mundo occidental presenta los valores como algo aburrido cuyo culmen es la obligación de ir a misa todos los domingos. Va a ser que no es eso. Los valores residen en el arraigo del ser humano a su entorno y son los que le proporcionan la auténtica libertad, que es ser uno responsable de sus elecciones y no hacer lo que le venga en gana. El problema es que hoy las circunstancias particulares de cada cual con las que formarse su identidad y valores son destruidas en pos del individualismo extremo y el consumismo. La comunidad, la patria, la religión, el compromiso y la familia son estorbos para un modelo de ser humano donde no se acepta más verdad que el apetito de uno mismo. Prueba de ello es que el compromiso de la gente con las causas sociales se limita a protestar por lo que a uno le han arrebatado más que a exigir un modelo alternativo más justo para todos. Sonará frívolo, pero es un hecho que para la mentalidad del hombre contemporáneo el problema no está en el elevado número de parados sino en que eso le afecte a él mismo o (siendo muy empático) con sus familiares o amigos. Más allá de su entorno, al individuo de nuestros días no le preocupa la situación de los demás excepto en lo que pueda afectarle de modo directo.

 

Como era de esperar, este ser humano moderno no es perfecto sino un ídolo con pies de barrio. Todas las utopías fracasaron y fracasarán mientras no partan de la base de la imperfección humana. ¿Y dónde busca este ser humano moderno y desarraigado la tranquilidad de su conciencia? La mayoría en el alcohol y en las discotecas, tal y como se les orienta desde sus series de televisión favoritas y entornos sociales. Otros necesitan algunas dosis de violencia, que van desde los videojuegos hasta colegiales clubes de la lucha; en este grupo se incluyen, sin duda, los vándalos que necesitan alguna fugaz adrenalina con la que sentirse felices y luego poder presumir ante su círculo de confianza. Y por último tenemos a los tan desesperados por el desarraigo que, renegando de la divinidad del consumo, abrazan a Alá aunque nunca en su vida hayan leído el Corán, fumen como camioneros y merienden generosos bocadillos de chorizo; pero eso es lo de menos cuando a un individuo sin trabajo y sin futuro se le promete un paraíso que ya no encuentra en la fe de sus abuelos. Así son los monstruitos que ha creado la sociedad occidental en nombre de la libertad, el progreso indefinido y el libre mercado. Siendo sinceros, sólo veo dos soluciones: recuperar los valores que nos arraiguen a lo que somos o desear que Dios nos pille confesados de aquí a treinta años. El que avisa no es traidor.

Gabriel García
Gabriel García
Blogger literario. Aficionado a novelas históricas y distopías. Proyecto de escritor. Estudiante de Derecho.

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